Cómo hacer un catálogo en línea que puedas actualizar tú

Un catálogo en línea es la lista de lo que vendes —con precio, existencia y buscador— publicada en tu propia página. Con cinco datos por producto y una consola para editarlo, dejas de contestar «¿sí tienes?» todo el día por WhatsApp.

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Rogelio tiene una refaccionaria en Uruapan y su día se le va en el celular contestando la misma pregunta con distinto nombre: “¿tienes la banda del alternador de un Tsuru 2010?”, “¿manejas balatas para Aveo?”, “¿a cómo la bomba de gasolina?”. Entre atender el mostrador y caminar al anaquel, cada respuesta le cuesta dos o tres minutos. Son unos cuarenta mensajes al día. Saca la cuenta: más de una hora diaria en decir sí, no, o cuánto cuesta.

Un catálogo en línea sirve para exactamente eso: que el cliente busque, vea si lo tienes y vea el precio, sin que tú contestes.

¿Qué es un catálogo en línea y en qué se diferencia de un álbum de fotos?

Un catálogo en línea es la lista de lo que vendes —con precio, existencia y una forma de buscar— publicada en tu propia página. La diferencia con un álbum de Facebook es que el catálogo se puede filtrar: el cliente escribe “Tsuru” y le salen las doce piezas que manejas para ese carro.

Ese detalle es todo lo que importa. Un álbum de 200 fotos con los precios en los comentarios no le ahorra la pregunta a nadie, la hace más difícil. Por eso hay gente que sube “su catálogo” y sigue contestando lo mismo por WhatsApp: subió fotos, no un catálogo.

¿Qué datos necesita cada producto para que el catálogo sirva?

Cinco campos. No necesitas más para empezar:

  1. Nombre, como lo pide el cliente y no como viene en la factura. “Balatas delanteras”, no “BRK-4471-F”.
  2. Con qué sirve, que es el dato que hace posible la búsqueda. En refacciones es la compatibilidad (marca, modelo, años). En ropa es la talla; en abarrotes, la presentación; en una ferretería, la medida.
  3. Precio. Con IVA o sin IVA, pero dilo.
  4. Si hay o no hay. Un sí o un no, nada más.
  5. Una foto, la tuya, de la pieza real. La del catálogo del proveedor se ve bonita y no se parece a lo que le vas a entregar.

El campo 2 es el que casi todos se saltan y es el que separa un catálogo que trabaja de uno que decora. Sin compatibilidad, el cliente de todos modos te escribe para preguntar si le sirve, y volviste al punto de partida.

¿Cómo le haces cuando tienes la misma pieza en tres versiones?

Aquí es donde se atoran los catálogos hechos a mano. Rogelio maneja la misma balata en tres calidades: la económica, la nacional y la de importación. Si las sube como tres productos separados, su catálogo se llena de renglones casi idénticos y el cliente no entiende cuál es cuál.

Se resuelve con un producto y tres opciones. Una sola ficha, “Balatas delanteras Tsuru”, con tres versiones adentro, cada una con su precio y su existencia. El cliente ve una pieza y escoge calidad; tú actualizas un precio sin tocar los otros dos.

La regla práctica: si el cliente lo busca como una cosa, es un producto. Si al llegar al mostrador tiene que escoger entre variantes, esas son opciones, no productos distintos.

¿Quién actualiza el catálogo cuando cambia un precio?

Tú, o quien esté en el mostrador. Ese es el punto de tener un catálogo propio.

Si cada cambio de precio tiene que pasar por el sobrino que te hizo la página, no vas a actualizarlo, y un catálogo con precios de hace ocho meses es peor que no tener catálogo: el cliente llega con una captura de pantalla y una cara de “aquí dice otra cosa”.

Lo que necesitas es una consola donde entras con tu usuario, buscas el producto, cambias el número y guardas. Sin código, sin esperar a nadie, desde el celular si estás en el mostrador. Cuando eso se puede hacer en menos de un minuto, sí se hace.

¿Con cuántos productos conviene empezar?

Con los que más rotan, no con todo el inventario. Treinta o cuarenta piezas bien puestas cubren la mayoría de lo que te preguntan; tres mil renglones a medio llenar no los termina nadie y el catálogo se queda en borrador para siempre.

La lista ya la tienes y no está en tu cabeza: es tu última orden al proveedor. Lo que más repones es lo que más sale. Empieza por ahí y sube el resto conforme te lo pregunten — así el orden te lo va dictando el mostrador, no tú a las once de la noche tratando de acordarte de todo.

Lo que un catálogo no te arregla

No te va a traer clientes nuevos por sí solo. Es la respuesta a una pregunta que la gente ya te estaba haciendo, no un anuncio.

Tampoco sustituye el trato. Rogelio va a seguir contestando WhatsApp, pero de otra cosa: en lugar de “¿sí tienes?”, le van a escribir “aparta la de importación, paso a las 6”. Esa conversación sí vale los tres minutos.

Y no se mantiene solo. Si subes existencias y nunca las tocas, en dos meses tu catálogo miente. Más vale un catálogo de 30 piezas al día que uno de 500 con datos de marzo.

Cómo tener tu catálogo en línea esta semana

No necesitas contratar a nadie ni aprender a programar. Describe tu negocio en Proyecta como se lo contarías a un cliente: “una página para mi refaccionaria en Uruapan, con catálogo que se pueda buscar por marca y modelo de carro, precio, si hay existencia, y botón de WhatsApp”. De ahí sale un sitio real, publicado, con su liga, y una consola donde tú cambias precios y existencias.

Sube primero lo que más repones. Si en la primera semana bajan los mensajes de “¿sí tienes?”, el catálogo ya está trabajando y sabes cuáles seguir.

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